3 agosto, 2016 - No Comments!

Se parece tanto al amor | Hoy renuncio

August is the month of last chances

@tinynoetzsche

 

 

Seis y media de la mañana.

Nunca puedo despertar antes que la alarma, así que cada día lo empiezo en medio del micro infarto que provoca el grito del aparato. Ese reloj tiene más de trece años conmigo, y la única razón por la que no lo he arrancado del muro para estrellarlo contra el piso es que mi madre me lo regaló el día de Reyes. Hace más de trece años me compró un reloj despertador, porque cuando cruzas la mayoría de edad, los seres mágicos te regalan objetos útiles, no pendejadas.

Todas las mañanas me levanto, tomo una ducha, me visto y salgo hacia el trabajo, siempre con el tiempo encima, en una bicicleta que todavía no domino y me doy cuenta de que a veces tengo más miedo de llegar tarde que de un autobús me atropelle. Hasta que un 640 pasa a diez centímetros de mi hombro y mejor me trepo a la banqueta, porque al diablo con la civilidad si significa convertirte en un mártir para la causa.

Hace poco cumplí 34 años y ya empezamos con los achaques que mi juventud no quiso prevenir: que si mucho café, que si las hormonas, que nada de Coca-Cola, nada de cigarrillos —mátenme—, hace falta más ejercicio, hace falta tener hijos y, bueno, que no me quiten la cerveza y el queso, porque mejor invoco la eutanasia y acabo con la miseria. Pero todo esto es normal, es parte de la vida: todo por servir se acaba. Lo que cansa no son las horas extra, las tormentas que convierten las calles en ríos por los que hay que pedalear a contracorriente, los cambios del cliente un viernes a las seis de la tarde o los berrinches de quienes no ganaron una beca del gobierno y tendrán que "seguir partiéndose el lomo", igual que millones de mexicanos que sobreviven con la mitad.

No cansa la certidumbre de que en este país hay más países que no conocemos: el que tiene policías comunitarias, prostitución infantil, casas de cartón, esclavos de fábricas, mujeres asesinadas. Y no nos olvidemos de aquel otro, el que tiene departamentos de lujo controlados por un sólo botón, desayunos con champaña, viajes "de impulso" al otro lado de un océano y Audis que quieren circular por el carril de bicicletas porque, cacha, así es México, wey. Que te digan que caes gorda al corregirle la ortografía a alguien más, y es que en el fondo sabes que si alguien no pone atención en eso, sospechas que en lo demás será igual de descuidado, valemadre y flojo, pero muy su pinche problema (pero seguirás corrigiendo, pues temes que si te pasa, nadie te lo diga, nunca).

Nop.

Lo que cansa es que esta generación tiene expectativas qué cumplir. La de mis padres tuvo una serie de reglas no menos agobiantes: toda la lista que Renton enumeraba empezó desde hace muchos años atrás, y la cargaron nuestro progenitores y todavía la arrastran nuestros hermanos mayores. ¿No me creen? Los reto a decirles que sus sobrinos no tienen que estudiar en una escuela privada, y así puede reducir su gasto, nomás para que vean el horror en sus ojos.

¿A nosotros? Ya no se nos exige poseer un coche, casa propia, matrimonio a la iglesia o que ocultes tu preferencia sexual —no que no haya discriminación. Eso todavía necesita más tiempo, junto a la violencia de género, el racismo, clasismo y otros ismos menos afortunados—, que vayas con corbata al trabajo o tengas una carrera con mil títulos. Eso ya es opcional. Lo que hoy se nos exige es ser felices.

Felices en Facebook, en Instagram, en Twitter, en nuestros boards de Pinterest, en los videos que nos toman para YouTube. Felices mientras hacemos maratón de Stranger Things, compramos boletos para la premiere de Suicide Squad o estamos por probar el siguiente platillo que nos llevará al hospital de tanta grasa (deliciosa, sensual y abundante grasa). Felices aunque vivas una semana cansada, aunque te acosen en la calle, aunque intenten atropellarte; aunque te critiquen por tener diez perros, no ser vegano, no usar Snapchat, no beber café orgánico-de-barrio-sustentable-gourmet; a pesar de que no tienes prestaciones, que los jefes no se saben tu nombre, que otros se paran el cuello con tu trabajo, que tu vecino le pega a su esposa, que tu hija no va a dejar al machito que le dice que sí la quiere pero primero debe terminar la terapia de pareja con su marida.

Feliz aunque el Internet falle cada cinco minutos y no puedas compartir ese GIF de gatitos.

¿Saben qué? Es extenuante. Si quiero estar triste, me pongo triste y lo disfruto. Porque la vida está hecha de todo, no sólo de lo que editamos y compartimos con extraños.

Hoy renuncio al feed perfecto y que se jodan los demás (y su ortografía).

Abril Ambriz Posas

Twitter: @ladyprovolone

 

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