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2 agosto, 2017 - No Comments!

Se parece tanto al amor | Ni la sombra de lo que era

Me caga el cotorreo del ejercicio.

Cada vez que me topo con una fotografía de un adicto al fitness me dan ganas de iniciar una marcha para cortar la libertad de expresión, y limitar el contenido relacionado con el gimnasio a dos fotos por mes. Los mantras que comparten con los check-in en redes sociales me suenan a salmos que le rinden honores a las repeticiones de pesas: "¡Con toda la actitud!" ¿Cuál pinche actitud? ¿Qué actitud se puede tener a las 6 de la mañana, o a las 8 de la noche, después de 12 horas de trabajo con el estrés de llegar a fin de mes? ¡Porque además cuesta!

Cuando encuentro un nuevo converso del ejercicio, decido ocultar sus notificaciones para evitar que mis ojos se queden atorados dentro de mi cabeza, no vaya a ser que los gire tan recio que ya no vuelvan a su posición original. Mientras, recuerdo cuando los veía en los bares, en los restaurantes comiendo con una gran sonrisa en el rostro. Ahora están sudorosos, perpetuamente enfundados en ropa de ejercicio y sin tiempo para compartir unas cervezas.

Pero entonces despierto un día, precisamente en mi cumpleaños 34, y la espalda baja decide que no me voy a mover en un buen rato. Que si la ciática, que la postura, el trabajo sedentario, el viaje en auto. Hasta el sobrepeso sacaron a flote (cuando a alguien no le gusta algo de ti, lo va a meter a la conversación aunque no venga al caso. Por ejemplo, yo casi uso un "¿No será que ese pantalón te salió defectuoso porque eres un machista de lo más imbécil del mundo?", pero me controlo), pero el diclofenaco no se raja y hasta pude bailar, Coronita en mano, un par de horas después. Sin embargo, y porque me echaron porras, conocí el entrenamiento funcional.

Ah, entrenamiento funcional: disfrazado de jueguito aunque cargado de disciplina que, a la fecha, me tiene haciendo berrinche cada tarde en que toca ir. Las primeras sesiones fueron una tortura dolorosa que me recordó que el ser humano es muy pendejo: damos dinero para hacer cosas que nos lastiman días después —o hasta gratis. ¿Recordaron a sus ex? Pues eso— con el aliciente de que el paso del tiempo reafirma esa máxima de que el cambio surge con la repetición. Yo ni músculo tenía en el antebrazo. Hoy empieza a asomarse, tímido como un conejo de pradera detrás de una piedra junto a la mesita del picnic. Ya no me desmayo a media sesión, puedo hacer más de una lagartija (con las piernas dobladas, pues), la espalda baja ya no da señales de chingarme la vida y he bajado un poco de peso sin necesidad de dieta. O sea, sí funciona y me caga que funcione, porque entonces entiendo el entusiasmo desmedido de una prima que se metió al crossfit y, algunos meses después, luce bikini diminuto espectacular y hace 22 lagartijas seguidas (con las piernas estiradas) con vestido y tacones. Es mi héroe, la verdad.

Me caga que me haga sentir tan bien, pero me cueste tanto trabajo. O que cuando decida no ir, me sienta culpable y me den ganas de disculparme con la de recepción, como si ella fuera la que diseña mi rutina y estuviera esperándome con anhelo rosasalvejero, asomada a la ventana.

Aquí estoy entonces. En este camino de altas y bajas, aprendiendo a querer mi cuerpo, entendiéndolo y sorprendiéndome de las cosas que, poco a poco, puedo hacer por la constancia, sorprendida porque, además, las exigencias físicas del entrenamiento funcional PORFIN me han disminuido la necesidad del cigarrillo. Es el colmo, totalmente. Si escucho reguetón en la ajena bocina de un extraño ya no me dan convulsiones, sino un incontrolable impulso de una sesión de burpees. ¿Quién iba a decirme que esos ritmos no me iban a poner cachonda mas sí deseosa de ejercicio? Hace un par de semanas me invitaron a una cata de café y cerveza. ¿Saben qué dije? Que no, porque el ejercicio. Como con Moby Dick: he decidido interrumpir la sesión de American Gods o la séptima vuelta a How I Met Your Mother con tal de avanzar y disfrutar las apariciones de Ahab, que el egoísta de Ismael raciona para mejor contarnos sobre las diferencias entre un cachalote y una ballena de Groelandia (culero).

Soy difícil de domar

Lo que quiero decir es que no soy ni la sombra de lo que era. Y todo gracias al ejercicio. Que me caga.

Abril Ambriz Posas

Twitter: @ladyprovolone

 

 


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